23.12.14

Viaje en el tiempo

Cuando el aire salado de la costa golpeaba su rostro, tal como lo había hecho durante tantos años, Galileo dejaba escapar una pequeñísima lágrima que se secaba al nacer. Los recuerdos son cosas extrañas, pensaba. Se te escurren como arena en los dedos. Se te escapan por tanto tiempo, sin poder saber adónde o cómo. Luego, aparecen con otras formas, colores o texturas. Son ellos, ellos mismos...sólo que lo toman a uno por sorpresa y lo arrastran a una marea incontrolable de nostalgia y memorias. Por más que se repita “No quiero recordarlo, no lo voy a hacer”, termina siempre de la misma manera. Él sabía, sin embargo, lo que iba a pasar desde antes que pasara. Viajó hasta allí y se situó exactamente en ese lugar, a esa hora de la tarde por una razón. Su mente se había vuelto débil con los años, y a veces él mismo debía forzar los sucesos para recordar.
Las personas con sombrillas y trajes de baño se habían empezado a ir de a poco. El sol se estaba por esconder del todo cuando él cerró los ojos y dejó que el sonido de las olas lo inunde. con sus manos en los bolsillos perdió un poco el equilibrio y apoyó su cuerpo sobre la baranda frente a él. Dió un suspiro y se entregó a la memoria.

La voz de una mujer, joven y clara empezó a resonar en su cabeza...esperó un poco antes de contestar, quería sentirla con la mayor intensidad posible.
-¿Galileo? ¡Galileo! ¡Te encontré! – Exclamó. Él se acercó a ella con una semisonrisa, saliendo por detrás de un árbol. -¿Cómo es que siempre te escondés tan bien?- le dijo irónicamente mientras se arreglaba el pelo un tanto despeinado. Sus facciones eran suaves y sus ojos misteriosos, como si tuviesen un secreto bien guardado.
-Será que lo tengo que hacer fácil porque vos no sabes buscar tan bien- Dijo él con voz burlona. Se sentó recostando su espalda contra un árbol y luego, con un gesto la invitó a hacer lo mismo a ella. Tomó la mano frágil y blanca de la chica. Estando allí se sentía seguro, sabía lo que iba a pasar porque ya había pasado. Nada podía salir mal. Pero había algo impreciso en cada gesto, cada movimiento. Los contornos no estaban del todo definidos.
-¿Qué es eso? Eso que tenés ahí. – Ella señaló un dibujo a lapicera negra que Galileo se había dibujado en su propia mano.
-Esto simboliza un proyecto mío. Una máquina del tiempo. – Ella sonrió y él la secundó.
-¿Y para que querrías viajar en el tiempo?- Le preguntó risueña.
-Cuando no pueda recordar esto, estos momentos con vos, o cualquier cosa que hayamos vivido mientras fuimos jóvenes, voy a volver el tiempo atrás y los voy a ver con mis propios ojos, como si los volviese a vivir. Mirá, este círculo simboliza un reloj, estas líneas curvas de acá, el volver y la memoria. – Le explicó mientras señalaba respectivamente las partes del dibujo.
-Pero para eso voy a estar yo, para recordarte todo sin necesidad de volver- Él asintió con pesar.¿Cómo podía tener corazón para desestimar una afirmación tan tierna, tan inocente? Ella era todo sol y vida, mirándola en ese instante nunca podría decir que no a una vida juntos.
-¿Por qué no vamos al auto? Parece que va a llover en cualquier momento. – La ayudó a levantarse y caminaron entre los árboles hasta llegar a la ruta. Justo en ese instante comenzó a llover. Una vez sentados, ella se descalzó y subió los pies contra el parabrisas. Hubo un silencio de unos minutos en los cuales Galileo sólo la miraba a ella, y ella a la lluvia. Era algo místico que lloviese en un recuerdo, algo diferente al presente.
-De verdad pensás que yo voy a estar con vos más adelante?...mucho más adelante? -Volteó a mirarlo con expectativa, esperando claramente una respuesta afirmativa. Él le sonrió. Hubiese preferido que no vuelva a sacar el tema, se le haría difícil ocultar por más tiempo sus verdaderos pensamientos. Nunca haría nada para lastimarla, pero ella no pararía hasta oír de sus labios su opinión al respecto.
-No se puede saber eso, por más que lo deseemos...- Pero ella lo interrumpió.
-No todo tiene que ser así, las personas pueden estar juntas para siempre.- Galileo sintió un pequeño dolor en el pecho.
-Para siempre no existe. Todo termina.- Le aclaró él enarcando las cejas. Ella frunció el ceño.- Bueno es que es algo...ingenuo pensar que sólo porque uno quiera algo la vida se lo va a dar.-
-Sólo digo que no tenés por qué ser pesimista. No soy ingenua, sólo optimista.- Se cruzó de brazos mientras miraba por la ventana pero casi enseguida volvió la vista hacia él nuevamente.- Me gustaría poder ver cómo reaccionarías vos si alguien te dice que tu máquina nunca va a funcionar.-exclamó con un tono desafiante. Galileo la miró con escepticismo. A veces olvidaba que hacía unos pocos años atrás ella había sido una niña, recién tenía 18 años.
-Tenés razón, pero que haya más gente que apoye tu idea, no quiere decir que sea más factible.
-El amor existe- Se defendió ella.
-Para siempre no.- Esas palabras salieron de su boca casi sin permiso, y hasta con un tono un tanto enojado. Se sintió apenado.
-Los viajes en el tiempo no existen.- Sentenció, molesta. Aunque se podía leer en sus ojos que el último comentario había causado más que molestia.
-El tiempo existe. Y existe la memoria. Existen los hechos, esto, vos y yo, ahora. Para mi todo esto es real y lo va a seguir siendo de aquí a cincuenta años. Sólo que hay que saber cómo regresar.- Sabía que la podía convencer si quería, pero dejó que siga argumentando sus teorías. No quería derribar sus sueños sólo porque él pensaba diferente. Sólo porque las ideas de ella le parecían tan infantiles.
-Si dos personas se aman, y viven juntas durante 50 años, eso va a ser real durante todo ese tiempo, no sólo por un rato. No van a necesitar volver para recordarlo.- Al decir esto se incorporó como orgullosa de su respuesta.
-¿Podés decir que esas personas pueden vivir todo ese tiempo felices y enamoradas?-
-Sí, eso es lo que yo creo. Yo sé que va a ser así.- La seguridad en esas palabras fue total, él sintió algo tibio en su corazón, como si lo estuviesen abrazando.
-¿Con quién?.- Al oír esto, ella se sonrojó y esquivó su mirada.
-No sé, con alguien que también lo quiera...-
-Podemos juntar nuestras teorías.- Se acercó un poco más y la miró con ternura- Te podría prometer que podemos vivir para siempre como en este instante, con estas sensaciones y sentimientos. Podríamos detener sólo esa parte del reloj, la que hace que las personas cambien y se vuelvan frías o distantes. La que hace que uno se olvide de cuánto amaba a alguien para darle ese amor a otra persona. Podríamos regresar una y otra vez aquí, pero avanzar al mismo tiempo y así pasaríamos nuestras vidas juntos y enamorados.- Ella sonrió un momento pero luego perdió la sonrisa.
-¿Y si algo malo pasa? – Él lamentó haberle metido la idea en la cabeza de que las cosas podían no salir bien, su optimismo e inocencia era lo que más le gustaba de ella, pero ahora ahí estaba, con los ojos asustados y preocupación en su voz. Aceptó internamente toda la culpa por eso y se arrepintió de todo lo que había dicho anteriormente.
-Podemos volver igual, es indistinto.- Le contestó él con seguridad – Pero claro, eso si vos creyeras en mi teoría...-
-Creo en vos. Sé que vas a poder hacer que funcione. - Apoyó su frente contra la de él. Él respiró profundo sintiendo el perfume a jazmín que lo abrazaba y rogó porque el recuerdo no terminara ahí, como siempre lo hacía.
Abrió los ojos y sintió el frío de la baranda de metal que aplastaba su vientre. Se incorporó y parpadeó abrumado. Había sido más fuerte que otras veces, el perfume de ella aún estaba en sus vías respiratorias cuando quiso sentir el aroma a mar. Se miró la mano y observó el tatuaje gastado. Lo acarició un momento mientras se sentaba en un banco cercano. Las arrugas en éste lo hacían lucir aún más viejo, y la tinta se había tornado un tanto verdosa.
Miró hacia la arena por debajo de el muelle en el que se encontraba, eso hizo que su mente le hiciera recordar la sensación de pisarla, sentir las pequeñas y frías piedrecillas incrustarse en la piel y hundirse al mismo tiempo. Y así como si nada, una imagen lo golpeó de improviso, aún más que la primer memoria.
Ella descalza. Ella descalza, con el pelo marrón rojizo totalmente revuelto por el viento. Llevaba un vestido blanco de bambula con muchos caracoles bordados. Recuerda sentirlos bajo sus dedos, algunos más puntiagudos que otros, diminutos. Nunca había estado tan viva, tan hermosa.
-¡Vamos! No hace tanto frío todavía. – Parecía que ella intentaba persuadirlo de entrar al mar pero él no quería.
“No, no quiero recordar esto”. Pero eso no sirve para los recuerdos. Ellos cobran vida propia y lo obligan a uno a regresar. Eso es lo peligroso de forzar a que aparezcan.
-¡Pero yo quiero! Aunque sea de a poco... primero los pies...- Él entonces intentó acercarse pero sintió el frío del agua en sus pies y un escalofrío lo sacudió. No quería entrar. No tenía deseos de hacerlo y al parecer eso le dijo a ella, aunque no podía escucharse a sí mismo hablar una palabra.
-¡Está bien! Si me esperás acá, yo ya vuelvo. – Le aseguró ella mientras se quitaba el vestido y se lo entregaba. Por más que él lucho por no hacerlo, se sentó en la silla plegable que había detrás suyo. Bajó la vista hacia un libro que de repente tenía en sus manos. Quería mirar hacia ella pero no podía, volvía a leer una y otra vez los mismos renglones. No se podía concentrar “...mientras esperaba con el alma en un hilo... bajando por el precipicio...cayó con un grito desesperado”. Grito. Gritos. Levantó la vista y no la vio. Se paró y corrió hasta el mar y miró a su alrededor y hacia el horizonte. Nada. Intentó llamarla pero nada se oía ya. El corazón se le partió en dos.
Sacudió la cabeza y se ahogó en sus propias lágrimas cuando volvió a la realidad. La angustia se apoderó de él y recordó esas palabras “Si me esperás acá, yo ya vuelvo.” “...yo ya vuelvo”. Estaba ahí, en esa playa, en ese mar. Ella no volvió. No volvió más. No podía respirar. Era un día como aquel. El agua estaba muy revuelta, ¿Por qué tuvo que dejarla ir sola? Intento tranquilizarse pero se agitaba cada vez más. Comenzó a caminar hacia el auto y una vez que las lágrimas lo dejaron ver hacia dónde iba, condujo a casa.
Esa noche al cerrar los ojos vio un bosque. Un día de sol brillante pero con nubes amenazantes en el horizonte. A él lo preocupaba que no pudiesen salir a caminar pero ella pensó que estaba bien, faltaba para que llueva. Comenzaron a caminar y ella propuso jugar a las escondidas. Le tocaba a él esconderse y a ella buscar. Se escondió detrás de un roble y contuvo la respiración. El corazón le saltaba con cada paso que oía sobre las hojas. Contenía su risa porque ella decía cosas graciosas para hacerlo reír y así encontrarlo. De pronto la sintió cerca.
Le hubiese gustado decir tantas cosas, que la amaba, que la extrañaba, que no podía estar sin ella, que tenía razón, el amor sí dura para siempre. Pero las personas no, y la vida no siempre es como uno la planea. Ella era frágil y aún no lo sabía, no podía pretender que algo así durara. El mundo no era un lugar suave para que uno pueda vivir de forma indolora y permanente. Era fugaz, pero a la vez eterno. Mortal y crudo, sí, pero también real. Y el amor era real. Le quería decir que él la recordaba todos los días, pero que aún así se sentía solo. Él la veía, la acariciaba, pero no era como algún día lo imaginó. El “regreso” a esos momentos eran cada vez más vívidos pero también cada vez más distorsionados de lo que realmente había pasado. Se estaba engañando a sí mismo. El bosque a veces era dorado y otras veces verde brillante. A veces se largaba a llover y se mojaban, otras corrían hasta el auto y terminaban secos. Lo único nítido y vivo que tenía eran los sentimientos. Todo lo mucho que la adoraba, lo mucho que la extrañaba era inaudito. Sentir esa nostalgia lo hacia estar constantemente con un nudo en la garganta y los ojos húmedos. Había congelado esa parte del reloj, sólo que no estaba ella para compartirlo con él. El miedo lo invadía, día a día sentía terror de que todo haya sido un sueño, que en realidad ella no haya existido. Luego se volvía a hundir en uno de sus recuerdos y se convencía de que había sido real.
-¿Galileo? ¡Galileo! ¡Te encontré! – Exclamó. Él se acercó a ella con una semisonrisa, saliendo por detrás de un árbol. – Siempre supe que ibas a volver. Siempre supe que iba a funcionar.

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